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23 de enero de 2013

Baby Jane

Viviendo un rato con ellas…

Andrea Fiorino Por: Andrea Fiorino

En una casa que -por esas vueltas de la vida- queda en la misma cuadra en la que me crié, doy clases a veces. Y aprendo siempre. (Esas dos acciones no son siempre simultáneas, al menos para mí.)

Me es familiar, la casa. (En ocasiones me apropio de algunos espacios. No siempre.)

Hace un tiempo supe que vivían allí Blanche y Baby Jane. Y me tardé un poco, pero finalmente hace unos días fui a visitarlas.

Apenas llegué no me resultó extraño oírlas, aunque recurran -ocasionalmente- al inglés. De allí vienen. Es más: me encanta cuando se “autosubtitulan”. (I love it.)

Llevan años en esa casa, sosteniéndose… como pueden. Una sobre muletas. La otra, a base de alcohol.

Casi todos los que estamos ahí lo sabemos. Casi todos vimos una película que cuenta sus vidas, por eso es que también sabemos como terminarán... Pero claro, eso no nos importa. Lo importante es que por primera vez estamos ahí, con ellas y por primera vez, todo es real: la casa, la escalera, sus diálogos, el teléfono, el corredor, su inglés, las luces que apagan o encienden, el cuarto de Blanche, el balcón, candado, llave, manojo, libro, miradas, comida, golpes y un pasado que cambió este presente, para siempre.

Y estamos allí con ellas.

Baby Jane abre y cierra puertas sin ninguna mesura. La vemos servirse otro trago en el hall. Y otro. Y otro más. Hasta que bebe sin dejar de servirse. Desmesuradamente (My God).

Bebe para soportar. Para soportarse. Como todos. Como Blanche lo hace con una mentira.

Un rato después nos encierra. Sí, a Blanche también.

Somos testigos presenciales de los intentos de Blanche por comunicarse con “el afuera”.

Jane deja ir al baño a su hermana, y todos nos aliviamos.

Nosotros también necesitamos llamar por teléfono, a alguien. Pero nos da miedo que Jane no nos deje, que a cada instante nos controle y nos asfixie más.

Blanche y nosotros escuchamos sus tacones subiendo y bajando por la escalera.

Ahora esta en la cocina.

Llega, descubre una nota que solo nosotros sabíamos que Blanche había enviado a su vecina.

Encierra más. Casi asfixia. Y bebe, y pide más botellas. (Please, stop.)

Le quita el teléfono a su hermana. Rítmicamente, luchan.

Ninguno de nosotros quiere saber que hay en el plato de comida. (Hay ratas en la casa.)

Jane con su vestido nuevo, canta. Y grita –desgarrada- cuando ve su triste reflejo en un cristal. La comprendemos tanto, que da ganas de abrazarla.

Blanche se cae por la escalera. Jane la arrastra y la trae. La maltrata. Nos apaga las luces. No puede más. No podemos.

Rogamos que Blanche le confiese que todo fue su culpa, y que la absuelva. Para poder morir en paz. Con la verdad. Y lo hace. Y nos sentimos todos perdonados.

Me voy de sus casas, pero la calle no alcanza para mejorar el clima que me apropió.

Y me voy con la promesa de volver a asistir a ese momento de encierro, de opresión y también -porque no- del más exquisito humor.

Para un espectador es tan maravilloso poder ver algo así. Había sentido lo mismo con la genial obra porteña “Cariño Yacaré”. También fui varias veces a ver esa obra, donde Gimena Riestra y Noralih Gago maravillaban, llevadas de la mano culta y pulcrísima de Juan Parodi. No comparo, solo digo: cuando el texto es exacto, las actrices extraordinarias, la dirección impecable y la puesta acertadísima… yo voy varias veces, sí. A disfrutar, a aprender y a aplaudir con fervor.

Romina Mazzadi Arro se arriesga a hacer su propia versión de esta historia, con lo ingrata que suele ser la etiqueta de la “película que me inspiró”. Se arriesga y sale ganando. Y camina por el terreno firme de conocer y ya haber dirigido, a las fantásticas Paula García Jurado y Elisabet Cunsolo. Las tres parecen conocer a la perfección lo que hay que hacer, y lo hacen. Sin estridencias, tranquilamente, con un manejo corporal que emociona y las engrandece, además, como actrices. La casa no hace más que magnificar el trabajo de las tres, con una utilización del espacio –“bravo”, bravísimo- que nos admira a todos, aun más.

En estas épocas donde –ayudados por la publicidad y los programas televisivos y toda la parafernalia circundante-, todo parece tener la obligación de ser “espectacular”, grande en producción y repleto de pretensiones vacías, yo celebro que se haga un teatro donde lo enorme… son los talentos. Y si eso sucede en Rosario, lo celebro más.

Vuelvo semanalmente a esa casa, a dar clases a veces y a aprender siempre.

Pero claro, ya no es igual desde que viví un rato allí con Baby Jane y su hermana Blanche.

Por eso ahora llego a esa casa un rato antes de mis clases, en un intento frustrado de deshabitarlas a ellas. Al menos por un par de horas.

Espero que Uds. También puedan ir a visitarlas. Los esperan los sábados por la noche.

Good luck.

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