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14 de febrero de 2014

Pensar el transformismo, el aquí y ahora hecho espectáculo

Cristhian Ledesma Por: Cristhian Ledesma

Surgido de la noche, de ámbitos alejados del teatro “convencional”, de los márgenes de lo teatral, emparentado con el vodevil, el ambiente gay… el transformismo ha ido ganando espacios en una sociedad que parece tolerar, cada vez más, ciertas manifestaciones artístico culturales, brindándoles nuevas miradas y consideraciones a aquello que, años atrás, podría haber sido descartado de antemano. De todos modos, el transformismo ha ido construyendo su identidad a expensa del reconocimiento “oficial” de la sociedad e inclusive de los discursos sobre la teatralidad.

Corrían los primeros años del siglo XXI, yo vivía en Paraná. Había oído hablar del transformista Pablo Millán. Mis amigos me insistieron para ir a verlo. Casi todos ya lo habían hecho, inclusive muchas madres, tías, padres… y más de una vez. Hablaban de él con fascinación. Fui. Mucha gente, en un local nocturno alejado del centro, bullicio, música, poca luz. De repente una voz en el micrófono lo anuncia y sale al ruedo. Aplausos, gritos. Pablo Millán enfundado en un vestido a todo brillo, donde no faltaban plumas, lentejuelas, debajo de una larga peluca, sobre unos tacos altísimos y brillantes, su figura era atrayente desde lo visual. Se movía con autoridad. Hablaba con desparpajo. El público le respondía con risas, comentarios… fueron como dos horas de diversión, todo un acontecimiento. Fue la primera vez que vi a un actor transformista y desde ese momento me comencé a interesar en el tema. Primero como espectador, luego como hacedor. Soy profesor de teatro y actor y en mi desempeño como tal, dentro de mis acercamientos al humor fue el transformismo una de las puertas de acceso, fuente de inspiración desde donde he armado varios de mis monólogos humorísticos. Si bien no soy un “transformista”, si me reconozco como actor que ha echado mano a recursos de esta poética.

Comencé a estudiar el transformismo desde mi experiencia como espectador, como curioso he preguntado, he consultado videos y he tratando de leer lo que se ha escrito al respecto, aunque no he hallado bastos trabajos sobre el tema. Tal vez por estas razones, pareciera más fácil pensar en “los transformistas” que en “el transformismo” como poética teatral. Pero si puedo decir que fulano hace transformismo, que mengano hace transformismo, es porque, sin duda, aquellos tienen algo en común. Es mi intención compartir en este escrito alguno de estos “comunes denominadores” que he logrado encontrar y que yo utilizo en mis propuestas humorísticas

Es conocido que en la historia del teatro hubo épocas en donde la escena estaba vedada a la participación de la mujer, por lo que los personajes femeninos debían ser encarnados por hombres. Algunos podrían pensar que aquí se encontrarían los inicios del transformismo: un actor “transformado” en mujer. Si bien este hecho parece ser una de las características fundamentales en la propuesta del transformismo: el cambio de género en la escena, no es un aspecto que defina por si mismo a la poética. El actor transformista actúa personajes femeninos, a los cuales accede con recursos propios de su oficio y sin descuidar los aspectos estéticos en el armado de su trabajo. Se construyen personajes femeninos con una estética cuidada, en oportunidades hasta el detalle. El transformismo es la poética del detalle. Vemos en los actores transformistas una cuidadosa elección de vestuario, maquillaje y “trucos”, para poder construir una imagen de lo femenino, que puede variar desde una versión estilizada (buscando una mímesis casi exacta en todos los niveles de lo femenino) hasta versiones híbridas, en donde el actor, intencionalmente, deja ver su cuerpo de hombre detrás de su “personaje” femenino, pasando por versiones caricaturescas y paródicas. El actor transformista se vuelve una suerte de prestidigitador, quien en vez de hacer desaparecer y aparecer conejos, lo hace con fisonomías y anatomías inexistentes a priori, con un delicado conocimiento de su cuerpo. Un juego, desde lo estético y lo dramatúrgico, que pone en jaque ciertas categorías culturales. El transformismo rompe así con la dualidad hombre – mujer, poniendo en cuestión y en diálogo esto, siempre con el lenguaje del humor. En algunos casos, pareciera que el actor transformista hiciera una renegación, en su mismo accionar escénico, respecto al género, estableciendo una convención con el espectador que luego estará destinada a quebrarse, y en ese quiebre se instala el humor, la crítica, el asombro, la parodia, el virtuosismo. Como si el transformista dijera “saben que soy un hombre, pero aquí soy una mujer” y pasado un tiempo volverá a decir “¿Creyeron que era una mujer? Bueno, no, soy un hombre”. Y esto se vuelve campo fecundo para el humor.

El transformismo es, entonces, poética de lo humorístico, entendiendo al humor como la capacidad de reírse de uno mismo. Porque para poder hacer transformismo, ante todo, hay que poder reírse de sí y exponerse por completo a la risa del público permitiendo que cada espectador pueda reírse también de sí mismo, en un juego de identificaciones. Al humor lo encontramos en el maquillaje, el vestuario, los monólogos, los chistes, y en el imaginario social respecto a esta poética, donde pensar en el transformismo es pensar en el humor. Y para hacer humor hay que conocer muy bien la cultura, ya que para que pueda instalarse es necesario poder compartir un imaginario, represiones, deseos y frustraciones. Los transformistas tienen, por lo general, un gran conocimiento de estos aspectos, como así también de los complejos mecanismos de lectura en el aquí y ahora del espectáculo de lo que le está sucediendo a los espectadores. Acaso sea éste uno de los aspectos más complejos de la poética. Aspectos que sólo podrán aprenderse al mismo tiempo en que se hace. El manejo de la poética es solidario a la puesta en escena de la misma. El aprendizaje del transformismo es un camino de exploración de las propias habilidades, temores, recursos y dificultades, que, con el correr de los años y de las funciones, se irán capitalizando, dándole a la práctica un “color” cada vez más personal. El actor transformista aprende en su accionar con el público real. Imposible ensayar lo inesperado.

Es el vínculo con los espectadores otro aspecto a tener en cuenta en el transformismo. Pareciera que se trata, muchas veces, de un “arrojarse” al público, al encuentro directo con él, sin cuarta pared que proteja. La actitud del transformista con el público es de incitación a que participe, cuestione, opine, ría, aplauda, una invitación a generar juntos la propuesta artística. De aquí, que la poética del transformismo es una poética del improviso con el imprevisto. El actor transformista sale, casi siempre sin mayores elementos escenográficos, montando sobre su cuerpo las ropas, el maquillaje, lo dramatúrgico, haciendo de sí mismo el espectáculo, pero abriendo el juego para que el público sea también artífice del humor, generando una comunicación fluida y desprejuiciada con los espectadores, quienes hasta logran tener voz y protagonismo. Y en esta relación es donde el humor se instala, y las posibilidades de reír van ganando fronteras.

El transformismo se vuelve así poética de la actualidad, porque pone en cuestión la actualidad de su cuerpo transformado, de lo que acontece con el público, de lo que sucede en la cultura en un aquí y ahora hecho espectáculo. Los temas que aborda el transformismo son, la más de las veces, temas de actualidad: acontecimientos de la política, el mundo del espectáculo, el contexto social, los tabúes, la sexualidad... Estos temas se entremezclan con la actualidad de los cuerpos de todos los presentes haciendo de esa co-presencia espacio temporal entre transformista y espectadores el mar por donde navegará el espectáculo. Y, en el medio, se van entretejiendo los diversos recursos escénicos – humorísticos a los que el transformismo acude, como son los monólogos, playback, imitaciones, bailes, juego con los espectadores, abducción de los mismos a la escena...

Por último, considero que muchas propuestas transformistas han logrado trascender cierto lugar de margen, ganado prestigio y la posibilidad de acceder a cada vez mayor número de espectadores. Hoy en día ya son varias las producciones teatrales denominadas “comerciales” que incluyen en su repertorio a actores transformistas (quienes han forjado su carrera a expensas de estos ámbitos). Pero, desde otra perspectiva, el transformismo me sigue pareciendo una propuesta de borde, por los lugares de producción, sus discursos sobre minorías y por el poco interés teórico que ha suscitado. Y hasta podemos encontrar opiniones que subestiman el lugar del transformismo dentro del teatro. Y, acaso, desde ese lugar de margen (el cual festejo), el transformismo pueda seguir riéndose de sí mismo, y de las categorías que lo expulsan, lo definen, y hasta podría reírse incluso de esta pretensión mía de querer pensar sobre él.

Agradezco a Gustavo Barquito Machado y a Pablo Millán por las imágenes ilustrativas

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