TeatroEnRosario.com
 

Actuaciones en foco

26 de mayo de 2014

El menos mentiroso

Claudio Perrin Por: Claudio Perrin

Cuando era un niño, en el cine “América” de mi barrio (San Martín 3227- Zona sur de Rosario), comencé a soñar con el cine.

En esa época de la infancia en la que tendría entre ocho y diez años, iba solo al cine, a mis amigos no les interesaba ver películas.

Entrar al cine era entrar al Paraíso y quedaba a sólo cuatro cuadras de mi casa. La absoluta soledad de la enorme sala (1.400 butacas), exaltaba mi imaginación y vivía el mundo que me proponían las películas.

En el Cine “América” nació mi deseo de filmar.

Mi afán de aventuras y las ganas de conocer el mundo, (en mi familia se viajaba muy poco por cuestiones económicas que intuyo luego, derivaron en costumbre), se saciaba con el cine.

Por esa ventana maravillosa podía estar en cualquier lado y vivir las experiencias más fabulosas. Me sumergía en historias que no podía vivir en la realidad. Me embebía de ellas. Era tal la excitación que me provocaban, que a la salida jugaba a representar lo que había visto. Al llegar a mi casa torturaba a mi hermana contándole la película de punta a punta. Sabía que a ella no le gustaba que se las contara y escuchaba sólo un tercio de lo que decía, o casi nada, pero mi entusiasmo vencía su indiferencia.

La sala de cine era un refugio, un templo donde todo era posible.

Hoy es un templo Evangelista, al igual que otros cines que se han convertido en espacios religiosos, para quienes la posibilidad de combatir el vacío espiritual sólo está en el cielo.

Todas las películas de mi infancia me han influenciado.

Todas tienen algo de lo que busco hoy en el cine que quiero hacer.

Fue en ese tiempo que me dije: “Qué lindo sería hacer películas, porque sería como vivir esas historias”

En la secundaria, mis compañeros dibujaban historietas de ciencia ficción en papel vegetal y las proyectaban en una pared con sonido grabado en los viejos cassettes. Eso me impulsó y entonces los convencí de hacer una película. Allí empecé a filmar en Super 8.

Luego de varios intentos fallidos, (filmamos cuatro rollos y sólo uno salió bien), sentí mi primera frustración, porque no pudimos terminar la película. Pero a los 18 años mi deseo de hacer películas fue definitivo: “Quiero hacer películas para volver a soñar. La vida ya me demostró que nunca será como en la películas"

Conozco a alguien que produjo una ruptura en su vida, luego de haber visto una película. Tal vez porque el Cine no sólo nos sumerge en un sueño, también puede reconstruir el tiempo perdido. Este es el puntal que sostiene mi deseo de hacer cine.

De niño veía una película y creía que los personajes eran tan reales que a veces imaginaba encontrarlos en una esquina.

Cuando crecí y pude apreciar la ficción fue cuando se me reveló el trabajo del actor. Y aquel que me engañó de niño en realidad resultó ser el menos mentiroso.

Por eso si hoy hablo de Cine, de lo primero que debo hablar es de los actores, porque son los que ponen el cuerpo para ofrecernos un universo en el que podemos creer.

En definitiva, en toda ficción, son los actores los que narran la historia.

Me fascina ver actuar a los actores en el cine y en el teatro.

Su capacidad de entrega en cualquier escena, es motivo de mi admiración.

A veces siento que vuelven a nacer cada vez que actúan. Lo cual me hace pensar en lo trágico que resulta para un actor no tener trabajo, porque entonces en algún punto su vida se detiene.

Y en esto me siento emparentado con ellos, porque he escrito muchos más guiones de los que he podido realizar.

Cada guión que he escrito fue inspirado en los actores.

No puedo pensar una historia si no imagino primero el actor que la encarne. Por eso no creo en los “castings”, no me gustan. Simplemente porque no creo que un actor pueda mostrar su potencial a través de una prueba de cámara. Entonces prefiero ir a verlos actuar en el teatro o en el cine. Porque es ahí, en el terreno de la escena, donde el actor se hace presente.

Si algo aprendí en los años de realizador de cine, es que por más buenos que sean el guion, la fotografía, el sonido o el montaje…La película si está mal actuada, termina siendo una decepción tanto para el espectador como para él realizador.

Entonces también aprendí que al actor que convocamos para una película hay que cuidarlo. Porque él es el artífice de que la película a proyectar en la pantalla sea posible de creer.

Los actores son el primer contacto que tenemos con la trama propuesta. Y la calidad de interpretación de los personajes que aborden, mucho depende de su talento, y también del director.

Un actor es un universo único de posibilidades. Por eso como director debo ser inteligente para descubrir lo que cada actor puede ofrecerme. Descubrir lo que el actor necesita para actuar es fundamental para mí, porque si no lo logro, la película se desintegra, termina siendo una película con deficiencias, que nos corre a un lado del camino, nos despoja de esa especie de hipnosis en la que caemos cuando una historia nos atrapa.

El trabajo previo con los actores es fundamental, porque lo escrito en un papel solamente atravesado por ellos, se hace tangible, real.

Siempre los actores reconstruyen el guión, si es que de verdad los dejamos actuar.

Para que el actor encuentre el estado de actuación que debe sostener en la película, hay un solo camino: saber escucharlos.

Y no me refiero sólo a las demandas racionales que ellos puedan tener, las preguntas previas sobre el personaje que deben actuar.

Para eso suelo conversar con ellos sobre el guión, qué quiere el personaje, qué desea, qué lo motiva, cuáles son sus reacciones ante las circunstancias que el guión le plantea. Buscamos situaciones análogas en su vida personal y desde allí construimos.

Me refiero a que debemos entrenar nosotros los directores, el ojo y el corazón para descubrir que es lo que pasa en el cuerpo del actor cuando actúa. Sólo así podemos de verdad dirigir y no convertirnos en una limitación para el trabajo del actor.

El director debe abocarse a esa búsqueda inquietante junto con el actor. Entonces ese registro que florece y sale a la luz, si se lo trabaja, es un acto mágico que no deja de sorprender. Es que cuando los actores tienen claridad sobre lo que tienen que actuar se nota indefectiblemente en la pantalla.

Cómo dirigir bien a un actor es algo que tiene ocupado mi pensamiento.

Porque quiero ser un buen director de cine y para eso tengo que ser también un buen director de actores.

Por eso, desde hace un tiempo he tomado dos decisiones:

1. Escribir guiones cuyas historias sean posibles en la producción. Trabajar fuera de la industria es un desafío para filmar historias sencillas que ahonden en la profundidad del vínculo de los personajes que la habiten.

2. Convocar a los actores no por su “imagen cinematográfica”, sino porque los he visto actuar y me gusta cómo actúan.

Trabajar con ellos lo necesario para abrirles todas las puertas posibles y que actúen mejor de lo que podría haber imaginado.

El espectador dirá si me equivoqué o no, pero sobre estas dos premisas trabajé en “Bronce”

Una película pequeña en su producción: dos locaciones y dos actores en los cuales me inspiré para escribir el guión.

Y comprobé al fin, (al menos para mí), que es posible. Sobre todo descubrí que trabajar así conduce a que el sentido de pertenencia de la película es tanto del director y el equipo técnico, como de los actores.

Simplemente porque ellos, Claudia Schujman y Miguel Bosco, no sólo son protagonistas de la historia, sino del hacer de la película.

Es que si a los actores los dejamos actuar, cuando salimos del cine desearemos encontrar a sus personajes o a ellos, en alguna esquina…

Y eso se agradece.

Archivo